Parar, respirar y continuar

Parar respirar continuar

Después de inaugurar septiembre con una semana vorágine, supongo que igual que la vuestra, el domingo pasado entré en crisis. Muchas listas, mucha planificación, mucha mentalización de que poco a poco, pero una vez más, la realidad superó a la ficción y me vi desbordada por una bola de nieve que compactaba todo lo personal y profesional en uno. Millones de tareas que había previsto tener listas y terminadas para el día del comienzo oficial del curso, seguían pendientes de finalizarse o, lo más grave, de comenzarse.

Ni si quiera ese día, el que me había propuesto dedicarle mucho más tiempo y mente a la parte personal, iba a ser respetado. Y no pretendía pasarme horas contemplando el agua de la piscina mientras dejaba que los últimos rayos de sol del verano me cargaran de energía (lo cual no hubiera estado nada mal), sino atender esa parte de la reorganización del curso en mi casa para la que también necesito horas.

Así que, me planté. Me paré en seco. Decidí ignorar todo lo que estaba dando vueltas en mi cabeza cual lavadora y busqué una actividad que me permitiera evadirme. Ejercicio harto complicado, debo decir.

Se me ocurrió pedir ayuda indirecta a mis hijas, que tantas veces me han salvado de situaciones complejas, y les propuse un ejercicio creativo buscando la salud mental que necesitaba para seguir adelante. Algo tan sencillo como coger un cartón en blanco y unos lápices de colores se convirtió sin pensarlo en un oasis. Ellas comenzaron conmigo pero pasado un rato terminaron sus creaciones y continuaron su tiempo de juego en otra actividad.

Yo permanecí durante una hora, imaginando un paisaje y tratando de darle forma y color en mi cartón. Me encanta la ilustración pero nunca la he ejercitado a mano, fuera de garabatos esquemáticos con poco sentido. Sin embargo, de manera inesperada, durante una hora fui capaz de despejar mi mente y sentí verdadero alivio. Fue un respiro.

Y encima pinté un cuadrito super colorido que me apetece poner en mi moodboard para premiar lo bien que resolví un momento crítico con la ayuda de mis enanas.

A partir de ahí fui de nuevo capaz de entrar en razón, retomar mis listas, reorganizar por prioridades y seguir adelante. Todo el trabajo, las mismas tareas, continuaban ahí pendientes pero ahora mi perspectiva era diferente.

Encontré la salida parándome a pensar un momento y canalizando mi agobio gracias a la inocente ayuda de mis hijas. A mí eso me salvó pero tú puedes encontrar tu propia liberación. Quedar con un amigo, ir de compras, prepararte un baño de espuma o echar un partido de tenis. La cuestión es encontrar esa actividad que te permita cortar en seco con el bucle en el que sin darte cuenta te habías enganchado. Prueba a parar, respirar y continuar.

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